"¿Cómo lo harás sola?", me exclamaron.
"Lo haré.", resonaba en mi interior.
Planeé lo mínimo y necesario,
y en dos días me hallaba viajando.
Llegué y me encontré con una
paz infinita:
los ruidos no hacían ecos,
los vientos se llevaban los miedos.
Todo era un estilo de vida.
Un cerro particular y enérgico.
Cuarzo onix amatista...
Un pueblo distendido y recibidor.
Imágenes y apariciones.
Lluvia de estrellas,
cielo claro, limpio y espectante,
millones de combinaciones artesanales.
¿Quién diría que sentiría mio este lugar?
Oh, dulce melancolía:
eres lo último de lo último,
noche que te irás y no regresarás,
mañana que querré reencontrar.
¿Qué sucedería si todo hubiese sido una ilusión?
Quizá yo no hubiese extendido mi cuerpo,
no hubiese expandido mi espíritu,
no hubiese tocado mi alma.
Pero si todo fuese cierto,
si realmente existí y viví este trayecto,
permitanme aclarar y decir:
que no todo lo que reflexioné fue correcto,
que mi alma y mi cuerpo se han fundido
como acto automático y directo
y sin sentido ni objeto
han liberado los desperfectos.